Es increíble, ¡hoy has llegado a los 118! Te ves y no te reconoces más. Primero lo justificabas con tu altura, era algo normal. Pero hoy que la correspondencia, la métrica y la proporción se han perdido y desbordado, ves algo que no te gusta. Tu juventud, que representó una ventaja intelectual, y que disminuía el agravante de la falta de proporción, poco a poco, sesenta a sesenta, veinticuatro por siete por doce, se va.
Recuerdo ese día. Como todas las mañanas pasé por ti para invitarte a desayunar. Estabas feliz. Llegamos tomaste la carta y como era tu costumbre, muestra tal vez de las carencias en tu casa, pediste el plato más caro. Más tardé en ponerle maple a mis hot cakes que en tú devorar 400 gramos de carne y medio kilo de chilaquiles. Era extraña tu cara de ansiedad e inalcanzable saciedad. La cuenta llega. Volteas a otro lado. Sin problemas la pago. Ya ese pantalón y ese saco comienzan a ceder en sus costuras laterales. 4 minutos después ya en el carro, te empiezas a sentir mal. Llega el mareo, el físico, vamos, no el sentimental que siempre ocupas conmigo. Bajamos del coche. Catarsis. Circo de 5 pistas. Espectáculo deleznable. ¡Chin! ¡Pun! ¡Kuaz! Quedas reducido a una máquina que a partir de 900 gramos de alimento genera 5 kilos de desperdicio. Tu capacidad para fabricar basura es increíble. Así mi pobre centro de trabajo, el tuyo, pero más mío, conserva hasta las 6 de la tarde que salimos, rastros de todo eso que tu boca produce, no me refiero a las palabras, pero a la suciedad.
